
El sol alumbraba tibiamente el ambiente del jardín, una que otra rosa blanca y joven jugueteaba con la ligera brisa que acompañaba al viento. Sus pétalos eran nuevos, firmes, su contorno único e irrepetible… A lo lejos, solitaria y casi marchita, un rosa roja, una flor que había decidido alejarse de las demás y, vez en cuando, hacer una que otra visita al centro del jardín para poder regar su polen en alguna de las atractivas rosas blancas.
Su pasión, relatar todas las historias y las noticias que acontecían en la jardinera. Cada día que comenzaba, una que otra flor descarriada daba que contar. Era su cumpleaños número noventa, y como siempre, deseaba festejar su cumpleaños regando polen entre las jovencitas del jardín. Pero de repente, un brillo inusual alumbró a la más joven de todas, aquella que desconocía por completo la sensación del polen regado entre sus pétalos.
El camino hacia ella fue un poco más complicado de lo pensado, de hecho, la flor roja y marchita, tuvo que hablar con alguien para que pudiera solucionar el problema y ésta a su vez pudiera acercarse, tanto que fuera capaz de percibir su aroma. Una larga caminata llevo a la rosa blanca y roja lejos de todos los demás… un hueco solitario y sombrío fue el testigo de la charla.
Un pétalo de la rosa marchita cayó lentamente al suelo a la par que una gota de rocío se desvanecía poco a poco de la joven flor. La pequeña tenía miedo, estaba aterrada de ver una flor a punto de marchitarse y morir. Mientras que la vieja rosa roja comenzaba a tener un sentimiento que jamás había experimentado.
En la primer visita, el cometido no pudo ser consumado, la joven flor estaba muy asustada pero sabía debía estar ahí, cerca de la envejecida flor. Dos lunas aparecieron y el sol brilló de nuevo en el cielo, en la mente de la rosa vieja sólo estaban los instantes en los que había estado cerca de la flor joven de blanca apariencia.
Era un sentimiento nuevo y no experimentado, una nueva sensación que iba más allá de la simple diversión de regar un poco de polen antes de morir. No quedaba mucho tiempo pero aquella pequeña, sin duda, había dejado una huella y una sensación que estaba más allá de lo que había experimentado en toda su vida. ¿Podría llamarse amor?, ¿podría convertirse en amor una experiencia común de reproducción?... sin embargo, las rosas no se enamoran, sólo persisten…
Un encuentro más bastó para que la flor que estaba a punto de quedar en el olvido se diera cuenta que aquello que sentía por la pequeña e inexperta flor se denominaba amor. Una dulzura que rebasaba el sentimiento fraternal por algo pequeño. Una emoción que no había experimentado antes, pero ¿En verdad se puede llamar amor?, o es una simple frustración por aquello que nunca se vivió, una ligera sensación de amar y sentirse amado en los últimos días de su vida.
¿Puede algo prohibido convertirse en sincero?, ¿Puede alguien que está por dejar este mundo, lograr que alguien que comienza a vivir se enamore de él?, puede que esto sea sólo un mal ejemplo de lo que no debería suceder.